
Si escribo para no olvidar, para qué comentar lo que no me ha gustado nada de nada, como Negro, Buenos Aires. Las que me han gustado: Partir (C. Corsini, 2009), Los condenados (I. Lacuesta, 2009), Gigante (A. Bienez, 2009) y muy mucho, Celda 211 (D. Monzón, 2009).
Partir, mientras la veía, me iba recordando aquella máxima de san Agustín que siempre ha sido punto de referencia en mi vida: Amoris mensura, sine mensura amare (La medida del amor es amar sin medida), y ése es el amor que siente la protagonista cuando conoce a Sergi López quien, como en sus mejores papeles, borda la caracterización de este emigrante español al que da vida. Sólo comprendiendo lo que se puede llegar a hacer por amor, porque el amor llega y entra y se mete en las entrañas y todo lo desbarata, se puede comprender el film. Los condenados se adentra en la memoria de la guerrilla maoísta peruana "Sendero Luminoso". La ambientación es perfecta y sobre ese escenario, con un ritmo lento pero adecuado, se nos conduce hasta el descubrimiento de una verdad que el espectador juzgaba imposible. Con referencias intertextuales se comprende mejor, aunque es un film afectivo. Lo mejor de Gigante es la propia historia que cuenta. La película es lenta, pero no queda otro remedio cuando la pantalla quiere ser la prolongación de la vida misma. Y eso es todo el film, vida trasladada a imágenes, especialmente en el comportamiento de Jara, el protagonista, un guarda de seguridad que vive el amor desde la timidez y reacciona siempre, en lo positivo y en lo negativo, como lo haría cualquier enamorado. Podría decirse que frente al film francés, que simboliza el "loco amor" a despecho de la vida misma, el film uruguayo interpreta de manera excelente ese sentir del amor que se vive en soledad hasta que revienta en el corazón, pero desde ahí sólo tenemos la última incertidumbre, magistralmente mostrada con un plano general de la pareja en la soledad de la playa.
Celda 211 es un film sólido, bien narrado, con un Tosar prodigioso y de un naturalismo que trenza la historia para que el espectador se sumerja en una violencia que queda patente desde el mismo inicio. A veces, se puede tener la sensación de que las coincidencias que provocan los acontecimientos son muchas, pero ¿no es la vida misma más increíble que cualquier historia narrativa? Y ¿no se apoyan las historias del lúcido Paul Auster en el encadenado de casualidades? Y son éstas las que en el film hilvanan los puntos de inflexión que permiten que la acción progrese en unos bloques que requieren constantemente la atención y la complicidad del espectador. Vale la pena verla, sobre todo para aquellos detractores del cine español, aunque, bien es cierto, Daniel Monzón siempre ha sido un buen director, pero tangencial.


