domingo, 29 de noviembre de 2009


Si escribo para no olvidar, para qué comentar lo que no me ha gustado nada de nada, como Negro, Buenos Aires. Las que me han gustado: Partir (C. Corsini, 2009), Los condenados (I. Lacuesta, 2009), Gigante (A. Bienez, 2009) y muy mucho, Celda 211 (D. Monzón, 2009).
Partir, mientras la veía, me iba recordando aquella máxima de san Agustín que siempre ha sido punto de referencia en mi vida: Amoris mensura, sine mensura amare (La medida del amor es amar sin medida), y ése es el amor que siente la protagonista cuando conoce a Sergi López quien, como en sus mejores papeles, borda la caracterización de este emigrante español al que da vida. Sólo comprendiendo lo que se puede llegar a hacer por amor, porque el amor llega y entra y se mete en las entrañas y todo lo desbarata, se puede comprender el film. Los condenados se adentra en la memoria de la guerrilla maoísta peruana "Sendero Luminoso". La ambientación es perfecta y sobre ese escenario, con un ritmo lento pero adecuado, se nos conduce hasta el descubrimiento de una verdad que el espectador juzgaba imposible. Con referencias intertextuales se comprende mejor, aunque es un film afectivo. Lo mejor de Gigante es la propia historia que cuenta. La película es lenta, pero no queda otro remedio cuando la pantalla quiere ser la prolongación de la vida misma. Y eso es todo el film, vida trasladada a imágenes, especialmente en el comportamiento de Jara, el protagonista, un guarda de seguridad que vive el amor desde la timidez y reacciona siempre, en lo positivo y en lo negativo, como lo haría cualquier enamorado. Podría decirse que frente al film francés, que simboliza el "loco amor" a despecho de la vida misma, el film uruguayo interpreta de manera excelente ese sentir del amor que se vive en soledad hasta que revienta en el corazón, pero desde ahí sólo tenemos la última incertidumbre, magistralmente mostrada con un plano general de la pareja en la soledad de la playa.
Celda 211 es un film sólido, bien narrado, con un Tosar prodigioso y de un naturalismo que trenza la historia para que el espectador se sumerja en una violencia que queda patente desde el mismo inicio. A veces, se puede tener la sensación de que las coincidencias que provocan los acontecimientos son muchas, pero ¿no es la vida misma más increíble que cualquier historia narrativa? Y ¿no se apoyan las historias del lúcido Paul Auster en el encadenado de casualidades? Y son éstas las que en el film hilvanan los puntos de inflexión que permiten que la acción progrese en unos bloques que requieren constantemente la atención y la complicidad del espectador. Vale la pena verla, sobre todo para aquellos detractores del cine español, aunque, bien es cierto, Daniel Monzón siempre ha sido un buen director, pero tangencial.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un poco de todo: de Japón a Nou Barris


Sin duda, la mejor de las cuatro que hoy tocan, es Still walking (Caminando) -Hirokazu Kore-eda (2008)- quien ya nos deslumbrara con Nadie sabe (2004), aquella cruda y poética historia de cuatro niños que consiguen sobrevivir en la soledad de su pequeño apartamento hasta que la realidad exterior los golpea y destruye de raíz el mundo en que habitaban. Y mucho de eso hay también en esta excelente película. Hay una narración pausada de la realidad, buscando que la vida transcurra en la pantalla con idéntico pulso al de la vida real, sin estridencias, dejando que los personajes se desplacen entre su memoria y sus actos con la más absoluta naturalidad. Y sin embargo, debajo de esa neutra placidez familiar, todos los personajes desnudan su lado más falaz: la paciente madre no puede dejar de sentir deseos de venganza por el hijo ausente; ni el padre esa vocación de prolongarse en otros, ni la esposa viuda del personaje narrador el dolor por el despecho hacia su hijo... Todos, como en la vida, se mueven entre sus fantasmas interiores y la necesidad de convivir en una entidad tan llena de trampas como la familia, máxime si flota en el ambiente la figura del hermano mayor muerto. Es una muy buena película que se cierra con brillantez en una última reflexión que parece querernos conducir hasta el mito del eterno retorno.
Si cruzamos el Pacífico llegamos a España a través de América y allí, por el condado deBúfalo, nos quedamos con Tenderness, John Polson (2009), un film que sería inconmensurablemente mejor si no hubiera dejado tantos flecos colgando. Me explico, se inicia y se cierra de modo brillante gracias a unas estupendas reflexiones en off acerca del dolor y del placer que, perfectamente enlazadas con unas imágenes ciertamente evocadoras, permiten presagiar un film brillante. Pero cuando se pretende una película de intriga, el intento del teniente por demostrar que el muchacho es un psicópata articula la trama, no pueden quedar cabos sueltos. Admitimos que un policía no siga la pista principal (encuentro en la caravana) o que no vea el singular y enorme coche que busca en un aparcamiento semidesierto, pero que al final se sepa que todo se sabía de antemano rompe ese círculo de coincidencias que nos querían hacer creer y ahí se desmonta todo el film. Y sin embargo, el final es lúcido. Quizá hubiera sido un excelente corto.
Y en este vuelo llegamos a España, a Catalunya, a Barcelona, a Santa Coloma de Gramanet y finalmente a El Singuerlín, el barrio de bloques de colores enfilados en la montaña y con la fábrica Damm al pie del Besos. No es casual que lo conozca, un poco más allá está el cementerio de Santa Coloma donde están enterrados mis bisabuelos. Además, nunca olvidaré aquella mañana de invierno en la que tuve que ducharme con agua que bajaba de la montaña en el vestuario del campo de fútbol del Singuerlín, menos mal que ganamos. Pero antes de detenernos en una película del sello Rocha, intimismo, narración visual, historias corrientes, quiero que me recordéis que nunca más vuelva a ver una película de Ventura Pons. Siempre me lo digo y siempre pico. A la deriva (2009) es de las malas, y cuando digo malas quiero decir peores, como Anita pierde el tren (2000), Amor idiota (2005) una de las películas, junto a la Bámbola, Bigas Luna (1996), más idiotas que he visto o Animales heridos (2006), otra que tal. Y sin embargo ha hecho buen cine, sobre todo Ocaña, retrat intermitent (1978), uno de los mejores reportajes de la historia del cine español sobre aquel célebre travesti de Las Ramblas; o Amigo, Amado (1999), donde consigue un buen fin a partir de un ensayo de Ramón Llull, o La rubia del bar (1986), un film que atrapa por la plástica de sus imágenes y el imaginario que en él subyace, o Caricies (1997), en el que el éxito parte en gran medida del texto original de Sergi Belbel.
Petit indi, Marc Recha (2009) tiene todas las componentes ya descritas de su cine, aunque en este film, la trama gana peso con el recurso de la madre encarcelada y el plan, trágicamente desbaratado, que trama el protagonista para liberarla. Hay también un gran trabajo de los actores, especialmente de Eulalia Ramón y Marc Soto, Arnau en el film, el joven introvertido que posee un jilguero que es campeón de canto y en torno al cual se tejerá la desgracia. Como siempre Recha, El árbol de las cerezas (1998), un film que impacta por su lentitud y la fuerza expresiva de sus silencios, Pau y su hermano (2001) otro ejercicio de sinceridad narrativa ambientado en Los Pirineos, Las manos vacías (2003) un mosaico de vidas cruzadas en un pueblo al sur de Francia y, ahora que hablamos de jilgueros, también aparece un loro que cobra parte importante en la trama, o Días de agosto (2006), al que menos me ha gustado, pero que transcurre, en parte, por esta zona nuestra de la Franja. En fin, cine valiente, independiente, alejado de modas, pero con calidad y que nos retrotae a unas vivencias no desconocidas como aquellos bares en los que los domingos se juntaban els ocellaires con sus minúsculas jaulitas o los tiempos de las carreras de galgos en Barcelona. Tres había: el Meridiana (el del film), el de la Diagonal, donde una vez aposté y el de la Plaza España.

martes, 17 de noviembre de 2009

QUIERO TRABAJAR EN UNA CLÍNICA

Quiero trabajar en una clínica en la que se realicen abortos, aunque sólo sea como chico de los recados y colaborar en ese acto individual de dignidad femenina, sólo una mujer sabe si quiere llevar adelante o no su proyecto de maternidad, para que finalmente el obispo de turno me excomulgue y deje de formar parte de la Iglesia Católica.
Se les supone una formación, una vasta cultura, un conocimiento profundo del mundo y sus entrañas y, sin embargo, nos salen con las mismas patrañas con las que querían confundir a la gente en la Edad Media. La excomunión, la privación de compartir la Eucaristía, la expulsión última del Paraíso. No señores, no. Ya no nos lo creemos. Expúlsennos de su seno que ya no tenemos miedo del Infierno, ni creemos en la vida muelle del Cielo, ni vamos a sufrir en el tránsito del Purgatorio. Así que ya lo saben, yo, como Juliano, también quiero ser un apóstata.

domingo, 8 de noviembre de 2009

... y sus últimos títulos


Corresponde el pirmer fotograma a Trash y el segundo a Yo también (A. Pastor, 2009) la película española que más me ha gustado de las últimas que he visto: After (A. Rodríguez, 2009) una historia que, como los personajes, a veces pierde el rumbo narrativo a pesar de estar construida en episodios más o menos independientes engarzados con un tratamiento circular del tempo interno narrativo; Trash (C. Torras, 2009), un drama de historias cruzadas en la que unos personajes viven en el límite de su realidad y esa otra vida que deciden asumir rompiendo esquemas -aconsejable-; Castillos de cartón (S. García, 2009), un flojo film basado en una novela de, junto con Delibes, nuestra novelista más adaptada, Almudena Grandes; Ágora (Amenábar, 2009) a años luz de su primer film, Tesis (1996) o a medio años luz de Abre los ojos (1997) Los otros (2000) o Mar adentro (2004) y que ilustra a la perfección lo dicho sobre el cine español y las superproducciones o, lo que es lo mismo, el despilfarro económico no implica la obtención de la obra de arte, porque no hay que perder de vista que el cine es un arte; La huérfana (Collet-Serra, 2009) una película a la que asistes para comprobar como un españolito se mueve en Hollywood, y se mueve con lo justo. De este rápido repaso me quedo con Trash, con el mensaje en contra de la intolerancia y las funestas consecuencias del fanatismo que acaba aniquilando aquello que nos hace auténticamente libres, el conocimiento humanístico y científico, que propone Ágora y, por supuesto Yo también.
Es cierto que la película de Pastor a veces realiza fáciles concesiones al mundo de protagonista y que, en cierto modo, mucho tiene que tener de la experiencia vital de su protagonista y su difícil relación con el mundo, especialmente en el terreno sexual más que en el afectivo, como se desprende de la secuencia en que se le prohíbe la entrada en un club de alterne. Pero a pesar de todo ello, la película posee ritmo narrativo y a veces pone descarnadamente el dedo en la llaga y siempre, y eso es lo mejor, se liga todo con la buena interpretación de Pedro álvarez Osorio, y de la excelente composición que Lola Dueñas consigue de su personaje. Es cierto que sin ella la película sería menos creíble y por tanto menos convincente. No es una película que se pueda recomendar sin temor a equivocarse, pero para unos ojos contemplativos y una mente dispuesta a la reflexión, sí es un buen film.
Cerrar con Cien clavos (2008) la última y fallida película de E. Olmi, autor de las soberbias El árbol de los zuecos (1978) y especialmente El empleo (1961) una estupendo retrato en blanco y negro de la sociedad italiana de aquel tiempo.



EL CINE ESPAÑOL en sus últimos filmes

Viene el título a cuento porque acabo de leer una crítica de Celda 211 en la que su autor parece señalar "una muestra atípica -cada vez menos- del cine español". No he visto Celda 211 todavía y, partiendo de la base del respeto que me merece Daniel Monzón (El corazón del guerrero, 2000, un película con fuerza y que superó con creces esa apuesta por un cine de fantasía que luego tan buenos éxitos ha dado; La caja Kovak, 2007, interesante filme que dosifica con acierto la intriga hasta un serio y contundente final y El robo más grande jamás contado, 2002, en la que aparecen reminiscencias con la mítica Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) en tanto en cuanto unos pelagatos forman una banda para atracar el Guernica de Picasso), no puedo compartir esa idea de una parte de la crítica que intenta buscar la excelencia de nuestro cine por comparación al cine que se produce en EE.UU. Deberían comprender que nuestra filmografía se mueve en el terreno de lo íntimo, de nuestras particulares relaciones sociales, de nuestra memoria, nuestros fantasmas... Ese es el camino que nos han enseñado los grandes: el primer Saura y su intimismo simbólico que ponía el dedo en la llaga en una sociedad en que la censura obligaba a regatear los postulados oficiales; Berlanga con su ácida y corrosiva mirada a un mundo de desemparados que eran el trasunto de esa vida de posguerra que buscaba acomodo y Gutiérrez Aragón -de quien habrá que leer su novela, reciente Premio ¿Herralde? y Garci, a pesar de las controversias que despierta, Trueba, el maestro de las comedias urbanas, el transgesor Almodóvar y más recientemente Coixet.- Ese es el camino que tantos éxitos nos ha dado y el espejo en que debe mirarse nuestro cine.