Sin duda, la mejor de las cuatro que hoy tocan, es Still walking (Caminando) -Hirokazu Kore-eda (2008)- quien ya nos deslumbrara con Nadie sabe (2004), aquella cruda y poética historia de cuatro niños que consiguen sobrevivir en la soledad de su pequeño apartamento hasta que la realidad exterior los golpea y destruye de raíz el mundo en que habitaban. Y mucho de eso hay también en esta excelente película. Hay una narración pausada de la realidad, buscando que la vida transcurra en la pantalla con idéntico pulso al de la vida real, sin estridencias, dejando que los personajes se desplacen entre su memoria y sus actos con la más absoluta naturalidad. Y sin embargo, debajo de esa neutra placidez familiar, todos los personajes desnudan su lado más falaz: la paciente madre no puede dejar de sentir deseos de venganza por el hijo ausente; ni el padre esa vocación de prolongarse en otros, ni la esposa viuda del personaje narrador el dolor por el despecho hacia su hijo... Todos, como en la vida, se mueven entre sus fantasmas interiores y la necesidad de convivir en una entidad tan llena de trampas como la familia, máxime si flota en el ambiente la figura del hermano mayor muerto. Es una muy buena película que se cierra con brillantez en una última reflexión que parece querernos conducir hasta el mito del eterno retorno. Si cruzamos el Pacífico llegamos a España a través de América y allí, por el condado deBúfalo, nos quedamos con Tenderness, John Polson (2009), un film que sería inconmensurablemente mejor si no hubiera dejado tantos flecos colgando. Me explico, se inicia y se cierra de modo brillante gracias a unas estupendas reflexiones en off acerca del dolor y del placer que, perfectamente enlazadas con unas imágenes ciertamente evocadoras, permiten presagiar un film brillante. Pero cuando se pretende una película de intriga, el intento del teniente por demostrar que el muchacho es un psicópata articula la trama, no pueden quedar cabos sueltos. Admitimos que un policía no siga la pista principal (encuentro en la caravana) o que no vea el singular y enorme coche que busca en un aparcamiento semidesierto, pero que al final se sepa que todo se sabía de antemano rompe ese círculo de coincidencias que nos querían hacer creer y ahí se desmonta todo el film. Y sin embargo, el final es lúcido. Quizá hubiera sido un excelente corto.
Y en este vuelo llegamos a España, a Catalunya, a Barcelona, a Santa Coloma de Gramanet y finalmente a El Singuerlín, el barrio de bloques de colores enfilados en la montaña y con la fábrica Damm al pie del Besos. No es casual que lo conozca, un poco más allá está el cementerio de Santa Coloma donde están enterrados mis bisabuelos. Además, nunca olvidaré aquella mañana de invierno en la que tuve que ducharme con agua que bajaba de la montaña en el vestuario del campo de fútbol del Singuerlín, menos mal que ganamos. Pero antes de detenernos en una película del sello Rocha, intimismo, narración visual, historias corrientes, quiero que me recordéis que nunca más vuelva a ver una película de Ventura Pons. Siempre me lo digo y siempre pico. A la deriva (2009) es de las malas, y cuando digo malas quiero decir peores, como Anita pierde el tren (2000), Amor idiota (2005) una de las películas, junto a la Bámbola, Bigas Luna (1996), más idiotas que he visto o Animales heridos (2006), otra que tal. Y sin embargo ha hecho buen cine, sobre todo Ocaña, retrat intermitent (1978), uno de los mejores reportajes de la historia del cine español sobre aquel célebre travesti de Las Ramblas; o Amigo, Amado (1999), donde consigue un buen fin a partir de un ensayo de Ramón Llull, o La rubia del bar (1986), un film que atrapa por la plástica de sus imágenes y el imaginario que en él subyace, o Caricies (1997), en el que el éxito parte en gran medida del texto original de Sergi Belbel.
Petit indi, Marc Recha (2009) tiene todas las componentes ya descritas de su cine, aunque en este film, la trama gana peso con el recurso de la madre encarcelada y el plan, trágicamente desbaratado, que trama el protagonista para liberarla. Hay también un gran trabajo de los actores, especialmente de Eulalia Ramón y Marc Soto, Arnau en el film, el joven introvertido que posee un jilguero que es campeón de canto y en torno al cual se tejerá la desgracia. Como siempre Recha, El árbol de las cerezas (1998), un film que impacta por su lentitud y la fuerza expresiva de sus silencios, Pau y su hermano (2001) otro ejercicio de sinceridad narrativa ambientado en Los Pirineos, Las manos vacías (2003) un mosaico de vidas cruzadas en un pueblo al sur de Francia y, ahora que hablamos de jilgueros, también aparece un loro que cobra parte importante en la trama, o Días de agosto (2006), al que menos me ha gustado, pero que transcurre, en parte, por esta zona nuestra de la Franja. En fin, cine valiente, independiente, alejado de modas, pero con calidad y que nos retrotae a unas vivencias no desconocidas como aquellos bares en los que los domingos se juntaban els ocellaires con sus minúsculas jaulitas o los tiempos de las carreras de galgos en Barcelona. Tres había: el Meridiana (el del film), el de la Diagonal, donde una vez aposté y el de la Plaza España.
No hay comentarios:
Publicar un comentario