¿Me van a decir ustedes que en el medio millón de abortos que se produjeron el año pasado la mitad, por pura lógica de porcentualidad, no eran votantes de la derecha? Es la hipocresía que mantiene las bases de la derecha y de la Iglesia.
Pero el asunto es más simple. Uno de los muchos problemas de los dictadores es que creen que todos desean los que ellos creen conveniente. Uno de los muchos problemas de la derecha es esa misma intransigencia con todo aquello que no entra dentro de sus limitados pensamientos.
Yo respeto su derecho a no abortar en la misma medida en que ellos no respetan el derecho de quienes deciden abortar. Posiblemente porque yo siempre he creído en la frase de Bakunin: "La libertad de los demás prolonga la mía hacia el infinito". Mientras ellos siguen anclados en "La calle es mía", que decía el fundador del partido cuando aún era ministro franquista. Y así, por extensión: "la razón es mía", "la ley es mía", "vuestras vidas son mías"... Les cuesta, les cuesta adaptarse al juego democrático.
domingo, 18 de octubre de 2009
lunes, 12 de octubre de 2009
Un montoncito heterogéneo
A Francesc Betriu le debemos dos de las mejores adaptaciones cinematográficas que ha hecho el cine español: La plaça del Diamant (1982), gracias a la cual yo descubrí a Rodoreda y muchos descubrimos la fragilidad de Silvia Munt, y Réquiem por un campesino español (1985), una adaptación que fue capaz de meter la novela entera en el metraje sin teñirse de la subjetividad del ojo del director y en la que aparecía el amigo Labordeta como pregonero. Ahora nos sorprende con un muy buen documental, Mónica del Raval (2009). Parece que el Raval, yo prefiero el término Barrio Chino, que es así como se llamaba cuando yo vivía en Barcelona, (En construcción, Guerín, 2001) es un barrio propicio para ello. La cinta es la confesión sincera de una prostituta, de su vocación y de su derecho a ejercer su oficio. Se construye la película, como todo documental, con fragmentos variopintos, algunos realmente sorprendentes -como cuando cuenta sus viajes siguiendo al Barça-, que permiten al espectador llegar a las raíces de ese mundo marginal que propone Betriu y a lo que contribuye de modo decisivo la idiosincrasia de los personajes, esa peculiaridad que parece encerrarlos en ese mundo de marginalidad de que no pueden escapar. Lo mejor de la cinta es que juega con todas las cartas sobre la mesa, incluso cuando Mónica o la Cicciolina o simplemente Ramona es capaz de vapulear dialécticamente a un sacerdote que no es capaz de entender la vida ni de distinguir entre amor y sexo, o entre placer y trabajo. Siguen siendo así, por lo menos de cara al exterior.Si la cosa funciona (W. Allen, 2009). Regresa con esta cinta Allen a su Nueva York para contarnos las obsesiones de un viejo que enamora a una jovencita del profundo sur (no se entiende que el doblaje mantenga esa torpe dicción que conllevaría el original para reflejar el habla del estado de Mississippi). Como en sus películas de siempre, la palabra toma protagonismo sobre la imagen, la reflexión del personaje incita a la reflexión del espectador y hasta recupera guiños antiguos (La rosa púrpura de El Cairo, 1985) como la presuposición de que el espectador existe. En el trasfondo de esta comedia, si no fuera así se agotaría rápidamente, la llegada de los padres de la jovencita, que asumen un papel tan tópico, como esos mismos tópicos que no le gustan al viejo protagonista. Es difícil ser genial eternamente, y eso se nota en una filmografía tan extensa, incluso para quienes en un tiempo nos rendimos sin condiciones a sus propuestas.
La clienta (J. Balasko, 2008) es mala, pero menos mala que Felpudo maldito (1995), una película que protagonizó Victoria Abril y que, aunque de modo valiente planteaba el tema del lesbianismo, la audaz temática no supo plasmarse en una narrativa ágil e interesante. Esta vez también insiste con un tema valiente, la utilización de gigolos. Y esta vez también se pierde en caminos tangenciales que quieren abrir muchas puertas (el más interesante cómo afronta una pareja este hecho) y eso, las entreabre, porque ni deja que entre el aire fresco a raudales, un tonto sentimentalismo cruza todo el film, ni sabe cerrarlas cuando las carencias son ostensibles.
El año en que nos enamoramos de Hiam Abbass
La vi por primera vez en Paradise now, Hany Abu-Assad 2005, y poco después en Free zone, Amos Gitai 2005. En ambas me sorprendió su natural capacidad de interpretación y una mirada lánguida que acentuaba el papel de la madre de un joven palestino que tiene dudas de su inmolación en la primera y en la segunda como la mano que acompaña a Natalie Portman por un mundo que no puede comprender. Por cierto, qué me dicen del inicio de Free zone que es capaz de mantener clavado al espectador con un plano de tan excesiva duración, sólo comparable al de Muerte en Venecia de Visconti. Después, fugaz pero sólidamente, pasó por Conversaciones con mi jardinero, Jean Becker 2007, una cinta floja en la que un pintor redescubre la vida con un amigo de la infancia a la postre jardinero de su casa de campo.Y sin embargo ha sido este año, el año en que ha reventado las pantallas con su serena y exótica belleza, con la sonrisa que, mirenlo bien, es tan enigmática como la de la Gioconda, y muy especialmente con un talento que la hace creíble en cualquier papel que interprete, ya sea la mujer de firmes convicciones que está dispuesta a defender su pequeño huerto de limoneros frente al todo poderoso estado de Israel y que es capaz de seducir, belleza no le falta, a un joven abogado de la causa palestina (Los limoneros, Eran Riklis 2008); ya sea en The visitor (T. Mc Carthy 2008) como la madre que incondicionalmente apoya a su hijo en un mundo desconocido para ella y en el que se introduce de la mano de un maduro profesor universitario que redescubre el gozo por vivir a través de la amistad con el joven y la atracción por la madre; ya sea como la sensual Lilia en Rojo oriental (Raja Amari, 2002) una cinta que, sospecho, ha llegado a nuestras pantallas (2002) por el tirón creciente de la protagonista. El film narra la transformación de Lilia desde una mujer apática y aburrida, viuda y madre, hasta la seductora bailarina de danza del vientre que seduce a un joven... y ya no digo nada porque no quiero desvelar el film.
Lo dicho, como yo no llegué a tiempo de enamorarme de Kim Novak, me enamora Hiam Abbass, mucho más que una actriz.
sábado, 10 de octubre de 2009
Dios y el Estado
Hoy he comprado uno de esos libros, Dios y el Estado, que dejas y acabas perdiendo porque no sabes a quién lo prestaste. Al módico precio de dos euros lo entregaban con el diario Público.Lo leí en los años de la Transición, sería sobre el 79 porque recuerdo que por aquel entonces fuimos con mi amigo Carlos Doménech a sindicalizarnos a la CNT, en la calle Aviñó, donde estaban los del metal, y casi se rieron de nosotros. Nos dijeron que éramos estudiantes y que allí no pintábamos nada. Poco tiempo después la CNT, los históricos, no los "arribistas", crearon un sindicato de estudiantes al que nunca me afilié.
Dios y el Estado es un libro cuyo inicio demoledor e iconoclasta marca necesariamente a un lector joven, especialmente en aquellos momentos en que la libertad se iba abriendo paso a pequeños pasos. Viene a decir Bakunin que Dios es un dictador y el diablo el primer librepensador, y no le falta razón.
Dios dejó que el hombre habitara plácidamente en el jardín de Edén, pero sólo le impuso una condición: que no comiera del árbol del bien y del mal. Es obvio, el fruto de ese árbol dotaría al hombre de conocimiento y le concedería el albedrío que es inherente al ser humano. Es decir, Dios, prohibiéndole al hombre la posibilidad de pensar y sufrir, de reconocer por él mismo el bien y el mal, se comportó como un dictador, porque sólo los dictadores obligan al pueblo a acatar sin dicusión sus caprichos.
El diablo, el eterno rebelde -dirá Bakunin-, le propuso al hombre que en ejercicio de su condición de hombre obrara como creyera conviniente y que si creía que debía probar los frutos del árbol de la ciencia, lo hiciera. Y el hombre lo hizo. Así, gracias al diablo abondamos nuestra condición de autómata feliz, como los que años después describiría Huxley, y asumimos plenamente nuestro destino de ser humano.
Yo creo que fue entonces cuando nació mi ateísmo que sólo una vez Unamuno estuvo a punto de trocar en agnosticismo.
Material variopinto
Es verdad que ahora, en frío, cuando sabes si realmente una película valía la pena o no, Gordos o Mapa de los sonidos se adecuarían perfectamente a este cajón desastre, les toca el turno a varias que directamente entran en el saco, aunque quizá O ano em que meus pais saíram de férias, cuyo fotograma ilustra el comentario, sufra el proceso inverso al mencionado.La primera fue Enemigos públicos, Michael Mann (2009), demasiado presupuesto para narrar con grandes lagunas una historia que Dillinger ha muerto ya había contado con mejores maneras y resultados. Podría ser distraída, pero se hace pesada y se pierde en el intento de querer mostrar implicaciones psicológicas en el rechazo que sufre Dillinger.
Flores negras, David Carreras (2009), es un thriller cuyo mayor fallo es la obviedad de los sucesos. El espectador los adivina antes de que sucedan, lo que va en detrimento de la intriga, causa motriz de cualquier film de espionaje.
Felicidad perfecta, Javier Elotegi (2009) es otro thriller que con respecto al anterior sí sabe mantener la intriga hasta el final e incluso incorpora con notable acierto las consecuencias psicológicas que los sucesos dejan en los protagonistas. Sin embargo, es una película distante y fría, cuando, ya que lo que pretende no es juzgar objetivamente la realidad de Euskadi sino mostrar el drama interior de los personajes, debería ser, por las causas mencionadas, una película de sentimiento, de vidas rotas. La falta de pasión y, diría yo, la falta de una buena interpretación, aleja al espectador del resultado final.
Mejor no pensar, Gianni Zanassi (2007), es una comedia melodramática del nuevo cine italiano que intenta indagar en las vidas estancadas de unos personajes que han ido perdiendo la ilusión de vivir. Se ve con cierta facilidad, pero no deja poso.
El año que mis padres se fueron de vacaciones, Cao Hamburger (2006) es un film brasileño que se deja ver con agrado porque es amable y entretenido y por momentos hasta entrañable. La película es la historia de un niño a quienes sus padres dejan con el abuelo porque el padre debe huir de la dictadura. Pero el abuelo ha muerto y lo acoge la comunidad judía a la que aquél pertenecía. Ese es el inicio y desde ahí, para mí, la película deja de ser objetiva y consigue que yo me meta en la piel del personaje principal sin ser brasileiro.
En primer lugar porque Mauro, el protagonista, tendría mi edad cuando sucedieron los hechos: el mundial de México de 1970, el primero que yo vi; el mundial de Pelé -y de Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino que junto a él formaron aquella delantera que machacó a la Italia de Mazzola por cuatro a la final. Desde entonces yo me hice, futbolísticamente hablando, canarinho. Lo siento, no soy de la Roja. Mi pasado afectivo está con Brasil y las faltas que magistralmente Rivelino metía por el hueco de la barrera. Y de eso, entre otras cosas, habla la película. Pero también habla de las dictaduras y entonces uno se da cuenta de cuánto, cuanto menos externamente, ha cambiado el mundo. Se acabaron las infinitas dictaduras, a pesar de la amarga charlotada hondureña, que poblaban el cono sur y, por aquel tiempo, hasta España. Y eso es también importante y emblemático. Ocho años más tarde, nosotros ya éramos un país en transición, se pedía el boicot a Argentina, la Argentina de Marito Kempes, como respuesta al terror de Videla. Pero cayeron, uno a uno fueron cayendo. Y ahora a las puertas de otro mundial en que la Roja es favorita, mi corazón se mantiene con la canarinha, aun sabiendo que este equipo nada tiene que ver ni con los del setenta; ni con los doctor Sócrates, para mí el más elegante de cuantos centrocampistas han pisado césped, o Zico, injustamente derrotados por Italia, extraña revancha; ni siquiera con los últimos campeones. En fin, una película subjetivamente emotiva.
domingo, 4 de octubre de 2009
EUTANASIA

En TV3 anuncian para esta noche un reportaje, que no podré ver y del que espero que surjan nuevos adeptos a la causa, acerca del "buen morir".
Es inaudito e increíble que un país oficialmente aconfesional siga pesando tanto la opinión de la Iglesia en un tema en el que una vez más muestran ese carácter anacrónico, de viejo dinosaurio con pies de plomo, que les mantiene anclados en una posición anterior a Vaticano II.
Es paradójico, y triste, que se pueda matar a un semejante en nombre de la Patria o en nombre de Dios, que incluso uno sea un héroe si muere por la Patria o por Dios y, en cambio, a ese mismo uno se le niegue la posibilidad de morir por su dignidad personal. Una posibilidad, por otra parte, a la que sólo se ven condenados aquéllos que ni siquiera son válidos para suicidarse. Basta de esa torpe moral judeo-cristiana según la cual sólo dios, es decir, nadie porque dios no existe, puede disponer de la vida de los seres humanos.
¿Qué vida es la no vida de estar condenado a no hacer nada? ¿La vida de un vegetal? A mí no me gustaría contemplar el mundo desde una cama, ver cómo la vida pasa por delante sin ni siquiera poder recoger las migajas. Yo no voy a matar a nadie, ni a nadie le voy a exigir que muera porque es un vegetal, pero del mismo modo quisiera que se respetara mi voluntad a morir decentemente el día que la vida deje de serlo. Porque ese día, si tengo manos y movimiento no dependeré de nadie para retirarme feliz con lo vivido; pero si ese día sólo soy un pedazo de nada atado a una cama, quiero que un médico me procure ese buen morir.
Basta ya de que unos, los de siempre, quieran convertirse en jueces de todos. Decía Bakunin que "la libertad de los demás prolonga la mía hacia el infinito". Pero ni la Iglesia ni la Derecha entienden, ni nunca han entendido, de libertades.
DE DOS EN DOS
Siempre he defendido el cine español del que me declaro entusiasta seguidor porque me cuenta las historias que me son próximas. Ahora bien, si Gordos o Mapa de los sonidos de Tokio se hubieran cruzado en el camino de El secreto de tus ojos la noche de los Óscar, la cinta de Campanella las hubiera devorado con sólo los primeros planos. Otra cosa va a ser la película de Trueba que aún no hemos visto, El baile de la victoria. Trueba es un buen director y con mucho oficio y el tráiler de la cinta, en la que repite Darín, despierta buenas sensaciones.
El secreto de tus ojos es una muy buena película a pesar de la concesión que efectúa Campanella al espectador y que en cierto modo está justificada cuando el protagonista, Darín, supera el pasado y logra desprenderse de los fantasmas del miedo. Es entonces cuando está dispuesto a vivir en plenitud y así lo hace. Además, hasta ese minuto final, hay más de dos horas de sólido cine y eso se agradece. Campanella no ha olvidado que el cine se construye con imágenes y es el montaje de dichas imágenes el gran logro del film. Campanella ha puesto la cámara al servicio de la narración con una conjunción perfecta del plano detalle, del primer plano y del plano de conjunto. Cada momento halla una perfecta adecuación entre lo que se narra y cómo se narra, y eso, señores, es el cine. Si a ese manejo preciso del punto de vista narrativo, le añadimos un sólido guión, basado en una novela, La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri, que habrá que leer; una brillante interpretación, no sólo de Darín y Villamil, sino también de Pablo Rago (el marido) y de Guillermo Franchela (el amigo de Darín) y, repito, un montaje soberbio, el resultado sólo puede ser una cinta que reconcilia al espectador con el buen cine y con el Campanella de la multitudinaria El hijo de la novia (2001) o con el de La luna de Avellaneda (2004), Avellanada también está presente de modo indirecto en esta cinta, o con El mismo amor, la misma lluvia (2002) cuya pareja protagonista son también Darín y Villamil.
Desgracia es la primera novela que leí de Coetzee, de eso hace muchos años. Sin embargo, cuando vi el film, fueron regresando nítidas las sensaciones que el novelista es capaz de despertar en el lector, porque Coetzee es un autor que nunca te deja indiferente, que te obliga a reflexionar a pesar de que los argumentos parecen livianos, que no lo son. Por eso diría que el film homónimo de Steve Jacobs (2008) es una más que aceptable película con el pequeño lunar del episodio del romance entre Malkovich (David) y su alumna, en el que no se alcanza a reproducir todos los matices de una tortuosa relación, aunque sí el final de la misma. Desgracia es, pues, una adaptación iterativa por reducción. De modo que, si tenemos una buena base, la novela lo es, deberíamos tener un buen relato; y el correlato fílmico, ya lo he señalado, sólo es una cinta más que aceptable porque no termina de desprenderse del componente literario, es decir, en el difícil ejercicio de traslación del texto narrativo al texto fílmico, la película olvida lo que acabo de reflejar unas líneas más arriba como el gran logro de Campanella, la perfecta adecuación entre lo narrado y lo visto. De todos modos, aunque es evidente que las connotaciones socio-políticas que refería la novela cuando se escribió, ya no son las mismas, la cinta se deja ver, especialmente en buena compañía, aunque sea con un poco de sufrimiento.
Desgracia es la primera novela que leí de Coetzee, de eso hace muchos años. Sin embargo, cuando vi el film, fueron regresando nítidas las sensaciones que el novelista es capaz de despertar en el lector, porque Coetzee es un autor que nunca te deja indiferente, que te obliga a reflexionar a pesar de que los argumentos parecen livianos, que no lo son. Por eso diría que el film homónimo de Steve Jacobs (2008) es una más que aceptable película con el pequeño lunar del episodio del romance entre Malkovich (David) y su alumna, en el que no se alcanza a reproducir todos los matices de una tortuosa relación, aunque sí el final de la misma. Desgracia es, pues, una adaptación iterativa por reducción. De modo que, si tenemos una buena base, la novela lo es, deberíamos tener un buen relato; y el correlato fílmico, ya lo he señalado, sólo es una cinta más que aceptable porque no termina de desprenderse del componente literario, es decir, en el difícil ejercicio de traslación del texto narrativo al texto fílmico, la película olvida lo que acabo de reflejar unas líneas más arriba como el gran logro de Campanella, la perfecta adecuación entre lo narrado y lo visto. De todos modos, aunque es evidente que las connotaciones socio-políticas que refería la novela cuando se escribió, ya no son las mismas, la cinta se deja ver, especialmente en buena compañía, aunque sea con un poco de sufrimiento.
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