Hoy he comprado uno de esos libros, Dios y el Estado, que dejas y acabas perdiendo porque no sabes a quién lo prestaste. Al módico precio de dos euros lo entregaban con el diario Público.Lo leí en los años de la Transición, sería sobre el 79 porque recuerdo que por aquel entonces fuimos con mi amigo Carlos Doménech a sindicalizarnos a la CNT, en la calle Aviñó, donde estaban los del metal, y casi se rieron de nosotros. Nos dijeron que éramos estudiantes y que allí no pintábamos nada. Poco tiempo después la CNT, los históricos, no los "arribistas", crearon un sindicato de estudiantes al que nunca me afilié.
Dios y el Estado es un libro cuyo inicio demoledor e iconoclasta marca necesariamente a un lector joven, especialmente en aquellos momentos en que la libertad se iba abriendo paso a pequeños pasos. Viene a decir Bakunin que Dios es un dictador y el diablo el primer librepensador, y no le falta razón.
Dios dejó que el hombre habitara plácidamente en el jardín de Edén, pero sólo le impuso una condición: que no comiera del árbol del bien y del mal. Es obvio, el fruto de ese árbol dotaría al hombre de conocimiento y le concedería el albedrío que es inherente al ser humano. Es decir, Dios, prohibiéndole al hombre la posibilidad de pensar y sufrir, de reconocer por él mismo el bien y el mal, se comportó como un dictador, porque sólo los dictadores obligan al pueblo a acatar sin dicusión sus caprichos.
El diablo, el eterno rebelde -dirá Bakunin-, le propuso al hombre que en ejercicio de su condición de hombre obrara como creyera conviniente y que si creía que debía probar los frutos del árbol de la ciencia, lo hiciera. Y el hombre lo hizo. Así, gracias al diablo abondamos nuestra condición de autómata feliz, como los que años después describiría Huxley, y asumimos plenamente nuestro destino de ser humano.
Yo creo que fue entonces cuando nació mi ateísmo que sólo una vez Unamuno estuvo a punto de trocar en agnosticismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario