A Francesc Betriu le debemos dos de las mejores adaptaciones cinematográficas que ha hecho el cine español: La plaça del Diamant (1982), gracias a la cual yo descubrí a Rodoreda y muchos descubrimos la fragilidad de Silvia Munt, y Réquiem por un campesino español (1985), una adaptación que fue capaz de meter la novela entera en el metraje sin teñirse de la subjetividad del ojo del director y en la que aparecía el amigo Labordeta como pregonero. Ahora nos sorprende con un muy buen documental, Mónica del Raval (2009). Parece que el Raval, yo prefiero el término Barrio Chino, que es así como se llamaba cuando yo vivía en Barcelona, (En construcción, Guerín, 2001) es un barrio propicio para ello. La cinta es la confesión sincera de una prostituta, de su vocación y de su derecho a ejercer su oficio. Se construye la película, como todo documental, con fragmentos variopintos, algunos realmente sorprendentes -como cuando cuenta sus viajes siguiendo al Barça-, que permiten al espectador llegar a las raíces de ese mundo marginal que propone Betriu y a lo que contribuye de modo decisivo la idiosincrasia de los personajes, esa peculiaridad que parece encerrarlos en ese mundo de marginalidad de que no pueden escapar. Lo mejor de la cinta es que juega con todas las cartas sobre la mesa, incluso cuando Mónica o la Cicciolina o simplemente Ramona es capaz de vapulear dialécticamente a un sacerdote que no es capaz de entender la vida ni de distinguir entre amor y sexo, o entre placer y trabajo. Siguen siendo así, por lo menos de cara al exterior.Si la cosa funciona (W. Allen, 2009). Regresa con esta cinta Allen a su Nueva York para contarnos las obsesiones de un viejo que enamora a una jovencita del profundo sur (no se entiende que el doblaje mantenga esa torpe dicción que conllevaría el original para reflejar el habla del estado de Mississippi). Como en sus películas de siempre, la palabra toma protagonismo sobre la imagen, la reflexión del personaje incita a la reflexión del espectador y hasta recupera guiños antiguos (La rosa púrpura de El Cairo, 1985) como la presuposición de que el espectador existe. En el trasfondo de esta comedia, si no fuera así se agotaría rápidamente, la llegada de los padres de la jovencita, que asumen un papel tan tópico, como esos mismos tópicos que no le gustan al viejo protagonista. Es difícil ser genial eternamente, y eso se nota en una filmografía tan extensa, incluso para quienes en un tiempo nos rendimos sin condiciones a sus propuestas.
La clienta (J. Balasko, 2008) es mala, pero menos mala que Felpudo maldito (1995), una película que protagonizó Victoria Abril y que, aunque de modo valiente planteaba el tema del lesbianismo, la audaz temática no supo plasmarse en una narrativa ágil e interesante. Esta vez también insiste con un tema valiente, la utilización de gigolos. Y esta vez también se pierde en caminos tangenciales que quieren abrir muchas puertas (el más interesante cómo afronta una pareja este hecho) y eso, las entreabre, porque ni deja que entre el aire fresco a raudales, un tonto sentimentalismo cruza todo el film, ni sabe cerrarlas cuando las carencias son ostensibles.
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