domingo, 4 de octubre de 2009

DE DOS EN DOS


Siempre he defendido el cine español del que me declaro entusiasta seguidor porque me cuenta las historias que me son próximas. Ahora bien, si Gordos o Mapa de los sonidos de Tokio se hubieran cruzado en el camino de El secreto de tus ojos la noche de los Óscar, la cinta de Campanella las hubiera devorado con sólo los primeros planos. Otra cosa va a ser la película de Trueba que aún no hemos visto, El baile de la victoria. Trueba es un buen director y con mucho oficio y el tráiler de la cinta, en la que repite Darín, despierta buenas sensaciones.
El secreto de tus ojos es una muy buena película a pesar de la concesión que efectúa Campanella al espectador y que en cierto modo está justificada cuando el protagonista, Darín, supera el pasado y logra desprenderse de los fantasmas del miedo. Es entonces cuando está dispuesto a vivir en plenitud y así lo hace. Además, hasta ese minuto final, hay más de dos horas de sólido cine y eso se agradece. Campanella no ha olvidado que el cine se construye con imágenes y es el montaje de dichas imágenes el gran logro del film. Campanella ha puesto la cámara al servicio de la narración con una conjunción perfecta del plano detalle, del primer plano y del plano de conjunto. Cada momento halla una perfecta adecuación entre lo que se narra y cómo se narra, y eso, señores, es el cine. Si a ese manejo preciso del punto de vista narrativo, le añadimos un sólido guión, basado en una novela, La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri, que habrá que leer; una brillante interpretación, no sólo de Darín y Villamil, sino también de Pablo Rago (el marido) y de Guillermo Franchela (el amigo de Darín) y, repito, un montaje soberbio, el resultado sólo puede ser una cinta que reconcilia al espectador con el buen cine y con el Campanella de la multitudinaria El hijo de la novia (2001) o con el de La luna de Avellaneda (2004), Avellanada también está presente de modo indirecto en esta cinta, o con El mismo amor, la misma lluvia (2002) cuya pareja protagonista son también Darín y Villamil.
Desgracia es la primera novela que leí de Coetzee, de eso hace muchos años. Sin embargo, cuando vi el film, fueron regresando nítidas las sensaciones que el novelista es capaz de despertar en el lector, porque Coetzee es un autor que nunca te deja indiferente, que te obliga a reflexionar a pesar de que los argumentos parecen livianos, que no lo son. Por eso diría que el film homónimo de Steve Jacobs (2008) es una más que aceptable película con el pequeño lunar del episodio del romance entre Malkovich (David) y su alumna, en el que no se alcanza a reproducir todos los matices de una tortuosa relación, aunque sí el final de la misma. Desgracia es, pues, una adaptación iterativa por reducción. De modo que, si tenemos una buena base, la novela lo es, deberíamos tener un buen relato; y el correlato fílmico, ya lo he señalado, sólo es una cinta más que aceptable porque no termina de desprenderse del componente literario, es decir, en el difícil ejercicio de traslación del texto narrativo al texto fílmico, la película olvida lo que acabo de reflejar unas líneas más arriba como el gran logro de Campanella, la perfecta adecuación entre lo narrado y lo visto. De todos modos, aunque es evidente que las connotaciones socio-políticas que refería la novela cuando se escribió, ya no son las mismas, la cinta se deja ver, especialmente en buena compañía, aunque sea con un poco de sufrimiento.



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