sábado, 10 de octubre de 2009

Material variopinto

Es verdad que ahora, en frío, cuando sabes si realmente una película valía la pena o no, Gordos o Mapa de los sonidos se adecuarían perfectamente a este cajón desastre, les toca el turno a varias que directamente entran en el saco, aunque quizá O ano em que meus pais saíram de férias, cuyo fotograma ilustra el comentario, sufra el proceso inverso al mencionado.
La primera fue Enemigos públicos, Michael Mann (2009), demasiado presupuesto para narrar con grandes lagunas una historia que Dillinger ha muerto ya había contado con mejores maneras y resultados. Podría ser distraída, pero se hace pesada y se pierde en el intento de querer mostrar implicaciones psicológicas en el rechazo que sufre Dillinger.
Flores negras, David Carreras (2009), es un thriller cuyo mayor fallo es la obviedad de los sucesos. El espectador los adivina antes de que sucedan, lo que va en detrimento de la intriga, causa motriz de cualquier film de espionaje.
Felicidad perfecta, Javier Elotegi (2009) es otro thriller que con respecto al anterior sí sabe mantener la intriga hasta el final e incluso incorpora con notable acierto las consecuencias psicológicas que los sucesos dejan en los protagonistas. Sin embargo, es una película distante y fría, cuando, ya que lo que pretende no es juzgar objetivamente la realidad de Euskadi sino mostrar el drama interior de los personajes, debería ser, por las causas mencionadas, una película de sentimiento, de vidas rotas. La falta de pasión y, diría yo, la falta de una buena interpretación, aleja al espectador del resultado final.
Mejor no pensar, Gianni Zanassi (2007), es una comedia melodramática del nuevo cine italiano que intenta indagar en las vidas estancadas de unos personajes que han ido perdiendo la ilusión de vivir. Se ve con cierta facilidad, pero no deja poso.
El año que mis padres se fueron de vacaciones, Cao Hamburger (2006) es un film brasileño que se deja ver con agrado porque es amable y entretenido y por momentos hasta entrañable. La película es la historia de un niño a quienes sus padres dejan con el abuelo porque el padre debe huir de la dictadura. Pero el abuelo ha muerto y lo acoge la comunidad judía a la que aquél pertenecía. Ese es el inicio y desde ahí, para mí, la película deja de ser objetiva y consigue que yo me meta en la piel del personaje principal sin ser brasileiro.
En primer lugar porque Mauro, el protagonista, tendría mi edad cuando sucedieron los hechos: el mundial de México de 1970, el primero que yo vi; el mundial de Pelé -y de Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino que junto a él formaron aquella delantera que machacó a la Italia de Mazzola por cuatro a la final. Desde entonces yo me hice, futbolísticamente hablando, canarinho. Lo siento, no soy de la Roja. Mi pasado afectivo está con Brasil y las faltas que magistralmente Rivelino metía por el hueco de la barrera. Y de eso, entre otras cosas, habla la película. Pero también habla de las dictaduras y entonces uno se da cuenta de cuánto, cuanto menos externamente, ha cambiado el mundo. Se acabaron las infinitas dictaduras, a pesar de la amarga charlotada hondureña, que poblaban el cono sur y, por aquel tiempo, hasta España. Y eso es también importante y emblemático. Ocho años más tarde, nosotros ya éramos un país en transición, se pedía el boicot a Argentina, la Argentina de Marito Kempes, como respuesta al terror de Videla. Pero cayeron, uno a uno fueron cayendo. Y ahora a las puertas de otro mundial en que la Roja es favorita, mi corazón se mantiene con la canarinha, aun sabiendo que este equipo nada tiene que ver ni con los del setenta; ni con los doctor Sócrates, para mí el más elegante de cuantos centrocampistas han pisado césped, o Zico, injustamente derrotados por Italia, extraña revancha; ni siquiera con los últimos campeones. En fin, una película subjetivamente emotiva.

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