domingo, 13 de diciembre de 2009

AMODÓVAR Y LOS GLOBOS DE ORO

La comento ahora, a raíz de su nominación como candidata a los Globos de Oro, porque cuanod la vi no tenía esta página.
No voy a cuestionar, ni siquiera desde la opinión personal, el cine de Almodóvar, primero, porque soy un defensor de su cine; segundo, porque ha sido el director más importante desde la Transición y tercero porque es un genio, pero ni los genios aciertan siempre, y eso le ha pasado con Los abrazos rotos, del mismo modo que le pasó con La mala educación. No voy a remitirme a ese primer Almóvodar siempre fresco y rupturistay genial de Pepi, Luci, Boom..., ¿Qué he hecho yo...?, Atame, Mujeres al borde..., Matador, La ley del deseo, Kika, Entre tinieblas y ya en un cine diferente Tacones lejanos, Hable con ella, Todo sobre mi madre y Volver, todas ellas, en mayor o menor medida buenas películas, algunas excelentes, pero Los abrazos rotos es, fundamentalmente tediosa, aburrida y lejos de ese perfecto acoplamiento entre lo naturalista y el costumbrismo que presidía sus otros filmes, incluso sin ese punto de locura que tanto se agradecía. Eso sí, la ambientación y los escenarios es puro Almodóvar, pero sólo eso. Yo tuve la sensación mientras veía la película que el propio Almodóvar había decidido montar la película que yo veía como espectador como el despechado marido había montado la película del personaje de Lluís Homar, es decir, buscando deliberadamente el fracaso. Y no sé si quería ser un guiño, porque es verdad que las últimas secuencias ganan en calidad, pero esa es mi sensación, una película mal montada y mal construida.
No debería el manchego haberse enfadado cuando no fue nominado a los Óscar, porque, si bien es verdad que su película no era ni mejor ni peor que Gordos o el film de Coixet, esta película no es una buena cinta. Además, ahora cuenta con la nominación, pero qué puede contra la estupenda Celda 211 o incluso el film de Trueba. Sólo el peso de ser uno de los grandes del cine actual.

De "El baile de la Victoria" a "Moon", pasando por "París"



Para gustos colores, pero entiendo que la película de Trueba es mucho mejor que sus ex-competidoras españolas por el Óscar (Gordos y Mapa de los sonidos de Tokio), pero pierde a los puntos con el film de Campanella. En las fotografías dos debutantes frente a dos actores de peso, la siempre bella Ariadna y el inconmensurable Darín, a quien no hay papel que se le resista pues posee la habilidad de bordarlos todos con su sola presencia. En el otro lado Abel Ayala y Miranda Bodenhöfer, ambos, pero especialmente él, con una muy buena actuación. Pero a la historia, que no deja de ser un western con sus buenos y sus malos y sus arrepentidos que acaban lanzándose al abismo cuando ya no les queda otra salida en el alma, le falta por coser esos flecos que permiten que una buena película se convierta en una película magistral. Y es en esos detalles que no se acaban de hilvanar donde se le escapa la película a Trueba y la historia de dos ex-convictos que nadan entre el descubrimiento del amor (qué bonita esa frase que dice Ayala de que él no puede amar como en las películas porque no tiene dinero) y la muerte del amor, la necesidad de amar para el joven y la desesperación del desamor para ese hombre de una sola mujer que acabará por unirlos para dar el golpe de su vida.
Paris (C. Klapisch, 2008), sin acento según la grafía francesa, es una cinta que se me había pasado por alto y que ayer, alguien muy querido con quien había coincidido cuando vi el film, me preguntó si no me había gustado porque no me había referido a ella. De entrada debo decir que fui a verla con ciertas reservas puesto que ni L'auberge espagnole, traducida aquí por Una casa de locos, su película de más exito en España, ni Las muñecas rusas, me gustaron nada. Sin embargo, con un título tan adecuado para un francófono como yo, había que verla. Y no me disgustó, pero tampoco cambió mi opinión sobre este director que quiere abarcar mucho en su narración y termina por ofrecer un fresco variopinto y poco profundo de la realidad. En su parte positiva, París, ese tono de melancolía que planea sobre el destino de los personajes y la siempre divina Binoche.
Y en este viaje, antes de aterrizar en La Luna, dos filmes que tampoco han hecho mella: Tú eliges, el debú en la dirección de Antonia San Juan, una película cuya parte más sobresaliente son los monólogos interiores en los que la protagonista, la propia San Juan, realiza sobre la vida y que pierde mucho cuando busca ese tono de comedia, con tonos de Almódovar, en los que la pretendida frescura se diluye en una nada tediosa. Y tampoco me gustó el viaje de un emigrante hacia París que Costa Gavras cuenta en Edén al oeste (2009), un director que, pese a todo, siempre quedará en la memoria, que no en París, como el director de Z, película idolatrada desde aquellos años de la Transición en que la sangre joven hervía contra el mundo. Este film peca de ingenuo porque se construye a base de tópicos, aunque quizá bajo ellos subyazga la realidad.
Moon (Duncan Jones, 2009) es un film que en un principio no entraba dentro de mis planes pues no soy un amante del cine de ciencia-ficción. Y sin embargo Moon es una buena película que mantiene intrigado al espectador a pesar de no trascender físicamente al espacio claustrofóbico en que sucede y de la mínima expresión en los personajes que habitan esa base lunar, Sam, el humano que está a punto de regresar a La Tierra y un ordenador inteligente, pero a diferencia de HAL de 2001..., sentimental, tanto que es capaz de darle a Sam la pista de los clones y de tomar partido por él en el momento de la verdad. Es un film bien trabado argumentativamente que nos conduce con calma, pero con efectividad, por esa propuesta que invita a la reflexión, no falta de cierta ironía como apunta la frase final: "O es loco o un ilegal, así que sea como sea hay que encerrarlo".
Hasta otra.

domingo, 29 de noviembre de 2009


Si escribo para no olvidar, para qué comentar lo que no me ha gustado nada de nada, como Negro, Buenos Aires. Las que me han gustado: Partir (C. Corsini, 2009), Los condenados (I. Lacuesta, 2009), Gigante (A. Bienez, 2009) y muy mucho, Celda 211 (D. Monzón, 2009).
Partir, mientras la veía, me iba recordando aquella máxima de san Agustín que siempre ha sido punto de referencia en mi vida: Amoris mensura, sine mensura amare (La medida del amor es amar sin medida), y ése es el amor que siente la protagonista cuando conoce a Sergi López quien, como en sus mejores papeles, borda la caracterización de este emigrante español al que da vida. Sólo comprendiendo lo que se puede llegar a hacer por amor, porque el amor llega y entra y se mete en las entrañas y todo lo desbarata, se puede comprender el film. Los condenados se adentra en la memoria de la guerrilla maoísta peruana "Sendero Luminoso". La ambientación es perfecta y sobre ese escenario, con un ritmo lento pero adecuado, se nos conduce hasta el descubrimiento de una verdad que el espectador juzgaba imposible. Con referencias intertextuales se comprende mejor, aunque es un film afectivo. Lo mejor de Gigante es la propia historia que cuenta. La película es lenta, pero no queda otro remedio cuando la pantalla quiere ser la prolongación de la vida misma. Y eso es todo el film, vida trasladada a imágenes, especialmente en el comportamiento de Jara, el protagonista, un guarda de seguridad que vive el amor desde la timidez y reacciona siempre, en lo positivo y en lo negativo, como lo haría cualquier enamorado. Podría decirse que frente al film francés, que simboliza el "loco amor" a despecho de la vida misma, el film uruguayo interpreta de manera excelente ese sentir del amor que se vive en soledad hasta que revienta en el corazón, pero desde ahí sólo tenemos la última incertidumbre, magistralmente mostrada con un plano general de la pareja en la soledad de la playa.
Celda 211 es un film sólido, bien narrado, con un Tosar prodigioso y de un naturalismo que trenza la historia para que el espectador se sumerja en una violencia que queda patente desde el mismo inicio. A veces, se puede tener la sensación de que las coincidencias que provocan los acontecimientos son muchas, pero ¿no es la vida misma más increíble que cualquier historia narrativa? Y ¿no se apoyan las historias del lúcido Paul Auster en el encadenado de casualidades? Y son éstas las que en el film hilvanan los puntos de inflexión que permiten que la acción progrese en unos bloques que requieren constantemente la atención y la complicidad del espectador. Vale la pena verla, sobre todo para aquellos detractores del cine español, aunque, bien es cierto, Daniel Monzón siempre ha sido un buen director, pero tangencial.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Un poco de todo: de Japón a Nou Barris


Sin duda, la mejor de las cuatro que hoy tocan, es Still walking (Caminando) -Hirokazu Kore-eda (2008)- quien ya nos deslumbrara con Nadie sabe (2004), aquella cruda y poética historia de cuatro niños que consiguen sobrevivir en la soledad de su pequeño apartamento hasta que la realidad exterior los golpea y destruye de raíz el mundo en que habitaban. Y mucho de eso hay también en esta excelente película. Hay una narración pausada de la realidad, buscando que la vida transcurra en la pantalla con idéntico pulso al de la vida real, sin estridencias, dejando que los personajes se desplacen entre su memoria y sus actos con la más absoluta naturalidad. Y sin embargo, debajo de esa neutra placidez familiar, todos los personajes desnudan su lado más falaz: la paciente madre no puede dejar de sentir deseos de venganza por el hijo ausente; ni el padre esa vocación de prolongarse en otros, ni la esposa viuda del personaje narrador el dolor por el despecho hacia su hijo... Todos, como en la vida, se mueven entre sus fantasmas interiores y la necesidad de convivir en una entidad tan llena de trampas como la familia, máxime si flota en el ambiente la figura del hermano mayor muerto. Es una muy buena película que se cierra con brillantez en una última reflexión que parece querernos conducir hasta el mito del eterno retorno.
Si cruzamos el Pacífico llegamos a España a través de América y allí, por el condado deBúfalo, nos quedamos con Tenderness, John Polson (2009), un film que sería inconmensurablemente mejor si no hubiera dejado tantos flecos colgando. Me explico, se inicia y se cierra de modo brillante gracias a unas estupendas reflexiones en off acerca del dolor y del placer que, perfectamente enlazadas con unas imágenes ciertamente evocadoras, permiten presagiar un film brillante. Pero cuando se pretende una película de intriga, el intento del teniente por demostrar que el muchacho es un psicópata articula la trama, no pueden quedar cabos sueltos. Admitimos que un policía no siga la pista principal (encuentro en la caravana) o que no vea el singular y enorme coche que busca en un aparcamiento semidesierto, pero que al final se sepa que todo se sabía de antemano rompe ese círculo de coincidencias que nos querían hacer creer y ahí se desmonta todo el film. Y sin embargo, el final es lúcido. Quizá hubiera sido un excelente corto.
Y en este vuelo llegamos a España, a Catalunya, a Barcelona, a Santa Coloma de Gramanet y finalmente a El Singuerlín, el barrio de bloques de colores enfilados en la montaña y con la fábrica Damm al pie del Besos. No es casual que lo conozca, un poco más allá está el cementerio de Santa Coloma donde están enterrados mis bisabuelos. Además, nunca olvidaré aquella mañana de invierno en la que tuve que ducharme con agua que bajaba de la montaña en el vestuario del campo de fútbol del Singuerlín, menos mal que ganamos. Pero antes de detenernos en una película del sello Rocha, intimismo, narración visual, historias corrientes, quiero que me recordéis que nunca más vuelva a ver una película de Ventura Pons. Siempre me lo digo y siempre pico. A la deriva (2009) es de las malas, y cuando digo malas quiero decir peores, como Anita pierde el tren (2000), Amor idiota (2005) una de las películas, junto a la Bámbola, Bigas Luna (1996), más idiotas que he visto o Animales heridos (2006), otra que tal. Y sin embargo ha hecho buen cine, sobre todo Ocaña, retrat intermitent (1978), uno de los mejores reportajes de la historia del cine español sobre aquel célebre travesti de Las Ramblas; o Amigo, Amado (1999), donde consigue un buen fin a partir de un ensayo de Ramón Llull, o La rubia del bar (1986), un film que atrapa por la plástica de sus imágenes y el imaginario que en él subyace, o Caricies (1997), en el que el éxito parte en gran medida del texto original de Sergi Belbel.
Petit indi, Marc Recha (2009) tiene todas las componentes ya descritas de su cine, aunque en este film, la trama gana peso con el recurso de la madre encarcelada y el plan, trágicamente desbaratado, que trama el protagonista para liberarla. Hay también un gran trabajo de los actores, especialmente de Eulalia Ramón y Marc Soto, Arnau en el film, el joven introvertido que posee un jilguero que es campeón de canto y en torno al cual se tejerá la desgracia. Como siempre Recha, El árbol de las cerezas (1998), un film que impacta por su lentitud y la fuerza expresiva de sus silencios, Pau y su hermano (2001) otro ejercicio de sinceridad narrativa ambientado en Los Pirineos, Las manos vacías (2003) un mosaico de vidas cruzadas en un pueblo al sur de Francia y, ahora que hablamos de jilgueros, también aparece un loro que cobra parte importante en la trama, o Días de agosto (2006), al que menos me ha gustado, pero que transcurre, en parte, por esta zona nuestra de la Franja. En fin, cine valiente, independiente, alejado de modas, pero con calidad y que nos retrotae a unas vivencias no desconocidas como aquellos bares en los que los domingos se juntaban els ocellaires con sus minúsculas jaulitas o los tiempos de las carreras de galgos en Barcelona. Tres había: el Meridiana (el del film), el de la Diagonal, donde una vez aposté y el de la Plaza España.

martes, 17 de noviembre de 2009

QUIERO TRABAJAR EN UNA CLÍNICA

Quiero trabajar en una clínica en la que se realicen abortos, aunque sólo sea como chico de los recados y colaborar en ese acto individual de dignidad femenina, sólo una mujer sabe si quiere llevar adelante o no su proyecto de maternidad, para que finalmente el obispo de turno me excomulgue y deje de formar parte de la Iglesia Católica.
Se les supone una formación, una vasta cultura, un conocimiento profundo del mundo y sus entrañas y, sin embargo, nos salen con las mismas patrañas con las que querían confundir a la gente en la Edad Media. La excomunión, la privación de compartir la Eucaristía, la expulsión última del Paraíso. No señores, no. Ya no nos lo creemos. Expúlsennos de su seno que ya no tenemos miedo del Infierno, ni creemos en la vida muelle del Cielo, ni vamos a sufrir en el tránsito del Purgatorio. Así que ya lo saben, yo, como Juliano, también quiero ser un apóstata.

domingo, 8 de noviembre de 2009

... y sus últimos títulos


Corresponde el pirmer fotograma a Trash y el segundo a Yo también (A. Pastor, 2009) la película española que más me ha gustado de las últimas que he visto: After (A. Rodríguez, 2009) una historia que, como los personajes, a veces pierde el rumbo narrativo a pesar de estar construida en episodios más o menos independientes engarzados con un tratamiento circular del tempo interno narrativo; Trash (C. Torras, 2009), un drama de historias cruzadas en la que unos personajes viven en el límite de su realidad y esa otra vida que deciden asumir rompiendo esquemas -aconsejable-; Castillos de cartón (S. García, 2009), un flojo film basado en una novela de, junto con Delibes, nuestra novelista más adaptada, Almudena Grandes; Ágora (Amenábar, 2009) a años luz de su primer film, Tesis (1996) o a medio años luz de Abre los ojos (1997) Los otros (2000) o Mar adentro (2004) y que ilustra a la perfección lo dicho sobre el cine español y las superproducciones o, lo que es lo mismo, el despilfarro económico no implica la obtención de la obra de arte, porque no hay que perder de vista que el cine es un arte; La huérfana (Collet-Serra, 2009) una película a la que asistes para comprobar como un españolito se mueve en Hollywood, y se mueve con lo justo. De este rápido repaso me quedo con Trash, con el mensaje en contra de la intolerancia y las funestas consecuencias del fanatismo que acaba aniquilando aquello que nos hace auténticamente libres, el conocimiento humanístico y científico, que propone Ágora y, por supuesto Yo también.
Es cierto que la película de Pastor a veces realiza fáciles concesiones al mundo de protagonista y que, en cierto modo, mucho tiene que tener de la experiencia vital de su protagonista y su difícil relación con el mundo, especialmente en el terreno sexual más que en el afectivo, como se desprende de la secuencia en que se le prohíbe la entrada en un club de alterne. Pero a pesar de todo ello, la película posee ritmo narrativo y a veces pone descarnadamente el dedo en la llaga y siempre, y eso es lo mejor, se liga todo con la buena interpretación de Pedro álvarez Osorio, y de la excelente composición que Lola Dueñas consigue de su personaje. Es cierto que sin ella la película sería menos creíble y por tanto menos convincente. No es una película que se pueda recomendar sin temor a equivocarse, pero para unos ojos contemplativos y una mente dispuesta a la reflexión, sí es un buen film.
Cerrar con Cien clavos (2008) la última y fallida película de E. Olmi, autor de las soberbias El árbol de los zuecos (1978) y especialmente El empleo (1961) una estupendo retrato en blanco y negro de la sociedad italiana de aquel tiempo.



EL CINE ESPAÑOL en sus últimos filmes

Viene el título a cuento porque acabo de leer una crítica de Celda 211 en la que su autor parece señalar "una muestra atípica -cada vez menos- del cine español". No he visto Celda 211 todavía y, partiendo de la base del respeto que me merece Daniel Monzón (El corazón del guerrero, 2000, un película con fuerza y que superó con creces esa apuesta por un cine de fantasía que luego tan buenos éxitos ha dado; La caja Kovak, 2007, interesante filme que dosifica con acierto la intriga hasta un serio y contundente final y El robo más grande jamás contado, 2002, en la que aparecen reminiscencias con la mítica Atraco a las tres (José María Forqué, 1962) en tanto en cuanto unos pelagatos forman una banda para atracar el Guernica de Picasso), no puedo compartir esa idea de una parte de la crítica que intenta buscar la excelencia de nuestro cine por comparación al cine que se produce en EE.UU. Deberían comprender que nuestra filmografía se mueve en el terreno de lo íntimo, de nuestras particulares relaciones sociales, de nuestra memoria, nuestros fantasmas... Ese es el camino que nos han enseñado los grandes: el primer Saura y su intimismo simbólico que ponía el dedo en la llaga en una sociedad en que la censura obligaba a regatear los postulados oficiales; Berlanga con su ácida y corrosiva mirada a un mundo de desemparados que eran el trasunto de esa vida de posguerra que buscaba acomodo y Gutiérrez Aragón -de quien habrá que leer su novela, reciente Premio ¿Herralde? y Garci, a pesar de las controversias que despierta, Trueba, el maestro de las comedias urbanas, el transgesor Almodóvar y más recientemente Coixet.- Ese es el camino que tantos éxitos nos ha dado y el espejo en que debe mirarse nuestro cine.

domingo, 18 de octubre de 2009

OTRA VEZ LA RANCIA DERECHA DE SIEMPRE

¿Me van a decir ustedes que en el medio millón de abortos que se produjeron el año pasado la mitad, por pura lógica de porcentualidad, no eran votantes de la derecha? Es la hipocresía que mantiene las bases de la derecha y de la Iglesia.
Pero el asunto es más simple. Uno de los muchos problemas de los dictadores es que creen que todos desean los que ellos creen conveniente. Uno de los muchos problemas de la derecha es esa misma intransigencia con todo aquello que no entra dentro de sus limitados pensamientos.
Yo respeto su derecho a no abortar en la misma medida en que ellos no respetan el derecho de quienes deciden abortar. Posiblemente porque yo siempre he creído en la frase de Bakunin: "La libertad de los demás prolonga la mía hacia el infinito". Mientras ellos siguen anclados en "La calle es mía", que decía el fundador del partido cuando aún era ministro franquista. Y así, por extensión: "la razón es mía", "la ley es mía", "vuestras vidas son mías"... Les cuesta, les cuesta adaptarse al juego democrático.

lunes, 12 de octubre de 2009

Un montoncito heterogéneo

A Francesc Betriu le debemos dos de las mejores adaptaciones cinematográficas que ha hecho el cine español: La plaça del Diamant (1982), gracias a la cual yo descubrí a Rodoreda y muchos descubrimos la fragilidad de Silvia Munt, y Réquiem por un campesino español (1985), una adaptación que fue capaz de meter la novela entera en el metraje sin teñirse de la subjetividad del ojo del director y en la que aparecía el amigo Labordeta como pregonero. Ahora nos sorprende con un muy buen documental, Mónica del Raval (2009). Parece que el Raval, yo prefiero el término Barrio Chino, que es así como se llamaba cuando yo vivía en Barcelona, (En construcción, Guerín, 2001) es un barrio propicio para ello. La cinta es la confesión sincera de una prostituta, de su vocación y de su derecho a ejercer su oficio. Se construye la película, como todo documental, con fragmentos variopintos, algunos realmente sorprendentes -como cuando cuenta sus viajes siguiendo al Barça-, que permiten al espectador llegar a las raíces de ese mundo marginal que propone Betriu y a lo que contribuye de modo decisivo la idiosincrasia de los personajes, esa peculiaridad que parece encerrarlos en ese mundo de marginalidad de que no pueden escapar. Lo mejor de la cinta es que juega con todas las cartas sobre la mesa, incluso cuando Mónica o la Cicciolina o simplemente Ramona es capaz de vapulear dialécticamente a un sacerdote que no es capaz de entender la vida ni de distinguir entre amor y sexo, o entre placer y trabajo. Siguen siendo así, por lo menos de cara al exterior.
Si la cosa funciona (W. Allen, 2009). Regresa con esta cinta Allen a su Nueva York para contarnos las obsesiones de un viejo que enamora a una jovencita del profundo sur (no se entiende que el doblaje mantenga esa torpe dicción que conllevaría el original para reflejar el habla del estado de Mississippi). Como en sus películas de siempre, la palabra toma protagonismo sobre la imagen, la reflexión del personaje incita a la reflexión del espectador y hasta recupera guiños antiguos (La rosa púrpura de El Cairo, 1985) como la presuposición de que el espectador existe. En el trasfondo de esta comedia, si no fuera así se agotaría rápidamente, la llegada de los padres de la jovencita, que asumen un papel tan tópico, como esos mismos tópicos que no le gustan al viejo protagonista. Es difícil ser genial eternamente, y eso se nota en una filmografía tan extensa, incluso para quienes en un tiempo nos rendimos sin condiciones a sus propuestas.
La clienta (J. Balasko, 2008) es mala, pero menos mala que Felpudo maldito (1995), una película que protagonizó Victoria Abril y que, aunque de modo valiente planteaba el tema del lesbianismo, la audaz temática no supo plasmarse en una narrativa ágil e interesante. Esta vez también insiste con un tema valiente, la utilización de gigolos. Y esta vez también se pierde en caminos tangenciales que quieren abrir muchas puertas (el más interesante cómo afronta una pareja este hecho) y eso, las entreabre, porque ni deja que entre el aire fresco a raudales, un tonto sentimentalismo cruza todo el film, ni sabe cerrarlas cuando las carencias son ostensibles.

El año en que nos enamoramos de Hiam Abbass

La vi por primera vez en Paradise now, Hany Abu-Assad 2005, y poco después en Free zone, Amos Gitai 2005. En ambas me sorprendió su natural capacidad de interpretación y una mirada lánguida que acentuaba el papel de la madre de un joven palestino que tiene dudas de su inmolación en la primera y en la segunda como la mano que acompaña a Natalie Portman por un mundo que no puede comprender. Por cierto, qué me dicen del inicio de Free zone que es capaz de mantener clavado al espectador con un plano de tan excesiva duración, sólo comparable al de Muerte en Venecia de Visconti. Después, fugaz pero sólidamente, pasó por Conversaciones con mi jardinero, Jean Becker 2007, una cinta floja en la que un pintor redescubre la vida con un amigo de la infancia a la postre jardinero de su casa de campo.
Y sin embargo ha sido este año, el año en que ha reventado las pantallas con su serena y exótica belleza, con la sonrisa que, mirenlo bien, es tan enigmática como la de la Gioconda, y muy especialmente con un talento que la hace creíble en cualquier papel que interprete, ya sea la mujer de firmes convicciones que está dispuesta a defender su pequeño huerto de limoneros frente al todo poderoso estado de Israel y que es capaz de seducir, belleza no le falta, a un joven abogado de la causa palestina (Los limoneros, Eran Riklis 2008); ya sea en The visitor (T. Mc Carthy 2008) como la madre que incondicionalmente apoya a su hijo en un mundo desconocido para ella y en el que se introduce de la mano de un maduro profesor universitario que redescubre el gozo por vivir a través de la amistad con el joven y la atracción por la madre; ya sea como la sensual Lilia en Rojo oriental (Raja Amari, 2002) una cinta que, sospecho, ha llegado a nuestras pantallas (2002) por el tirón creciente de la protagonista. El film narra la transformación de Lilia desde una mujer apática y aburrida, viuda y madre, hasta la seductora bailarina de danza del vientre que seduce a un joven... y ya no digo nada porque no quiero desvelar el film.
Lo dicho, como yo no llegué a tiempo de enamorarme de Kim Novak, me enamora Hiam Abbass, mucho más que una actriz.

sábado, 10 de octubre de 2009

Dios y el Estado

Hoy he comprado uno de esos libros, Dios y el Estado, que dejas y acabas perdiendo porque no sabes a quién lo prestaste. Al módico precio de dos euros lo entregaban con el diario Público.
Lo leí en los años de la Transición, sería sobre el 79 porque recuerdo que por aquel entonces fuimos con mi amigo Carlos Doménech a sindicalizarnos a la CNT, en la calle Aviñó, donde estaban los del metal, y casi se rieron de nosotros. Nos dijeron que éramos estudiantes y que allí no pintábamos nada. Poco tiempo después la CNT, los históricos, no los "arribistas", crearon un sindicato de estudiantes al que nunca me afilié.
Dios y el Estado es un libro cuyo inicio demoledor e iconoclasta marca necesariamente a un lector joven, especialmente en aquellos momentos en que la libertad se iba abriendo paso a pequeños pasos. Viene a decir Bakunin que Dios es un dictador y el diablo el primer librepensador, y no le falta razón.
Dios dejó que el hombre habitara plácidamente en el jardín de Edén, pero sólo le impuso una condición: que no comiera del árbol del bien y del mal. Es obvio, el fruto de ese árbol dotaría al hombre de conocimiento y le concedería el albedrío que es inherente al ser humano. Es decir, Dios, prohibiéndole al hombre la posibilidad de pensar y sufrir, de reconocer por él mismo el bien y el mal, se comportó como un dictador, porque sólo los dictadores obligan al pueblo a acatar sin dicusión sus caprichos.
El diablo, el eterno rebelde -dirá Bakunin-, le propuso al hombre que en ejercicio de su condición de hombre obrara como creyera conviniente y que si creía que debía probar los frutos del árbol de la ciencia, lo hiciera. Y el hombre lo hizo. Así, gracias al diablo abondamos nuestra condición de autómata feliz, como los que años después describiría Huxley, y asumimos plenamente nuestro destino de ser humano.
Yo creo que fue entonces cuando nació mi ateísmo que sólo una vez Unamuno estuvo a punto de trocar en agnosticismo.

Material variopinto

Es verdad que ahora, en frío, cuando sabes si realmente una película valía la pena o no, Gordos o Mapa de los sonidos se adecuarían perfectamente a este cajón desastre, les toca el turno a varias que directamente entran en el saco, aunque quizá O ano em que meus pais saíram de férias, cuyo fotograma ilustra el comentario, sufra el proceso inverso al mencionado.
La primera fue Enemigos públicos, Michael Mann (2009), demasiado presupuesto para narrar con grandes lagunas una historia que Dillinger ha muerto ya había contado con mejores maneras y resultados. Podría ser distraída, pero se hace pesada y se pierde en el intento de querer mostrar implicaciones psicológicas en el rechazo que sufre Dillinger.
Flores negras, David Carreras (2009), es un thriller cuyo mayor fallo es la obviedad de los sucesos. El espectador los adivina antes de que sucedan, lo que va en detrimento de la intriga, causa motriz de cualquier film de espionaje.
Felicidad perfecta, Javier Elotegi (2009) es otro thriller que con respecto al anterior sí sabe mantener la intriga hasta el final e incluso incorpora con notable acierto las consecuencias psicológicas que los sucesos dejan en los protagonistas. Sin embargo, es una película distante y fría, cuando, ya que lo que pretende no es juzgar objetivamente la realidad de Euskadi sino mostrar el drama interior de los personajes, debería ser, por las causas mencionadas, una película de sentimiento, de vidas rotas. La falta de pasión y, diría yo, la falta de una buena interpretación, aleja al espectador del resultado final.
Mejor no pensar, Gianni Zanassi (2007), es una comedia melodramática del nuevo cine italiano que intenta indagar en las vidas estancadas de unos personajes que han ido perdiendo la ilusión de vivir. Se ve con cierta facilidad, pero no deja poso.
El año que mis padres se fueron de vacaciones, Cao Hamburger (2006) es un film brasileño que se deja ver con agrado porque es amable y entretenido y por momentos hasta entrañable. La película es la historia de un niño a quienes sus padres dejan con el abuelo porque el padre debe huir de la dictadura. Pero el abuelo ha muerto y lo acoge la comunidad judía a la que aquél pertenecía. Ese es el inicio y desde ahí, para mí, la película deja de ser objetiva y consigue que yo me meta en la piel del personaje principal sin ser brasileiro.
En primer lugar porque Mauro, el protagonista, tendría mi edad cuando sucedieron los hechos: el mundial de México de 1970, el primero que yo vi; el mundial de Pelé -y de Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino que junto a él formaron aquella delantera que machacó a la Italia de Mazzola por cuatro a la final. Desde entonces yo me hice, futbolísticamente hablando, canarinho. Lo siento, no soy de la Roja. Mi pasado afectivo está con Brasil y las faltas que magistralmente Rivelino metía por el hueco de la barrera. Y de eso, entre otras cosas, habla la película. Pero también habla de las dictaduras y entonces uno se da cuenta de cuánto, cuanto menos externamente, ha cambiado el mundo. Se acabaron las infinitas dictaduras, a pesar de la amarga charlotada hondureña, que poblaban el cono sur y, por aquel tiempo, hasta España. Y eso es también importante y emblemático. Ocho años más tarde, nosotros ya éramos un país en transición, se pedía el boicot a Argentina, la Argentina de Marito Kempes, como respuesta al terror de Videla. Pero cayeron, uno a uno fueron cayendo. Y ahora a las puertas de otro mundial en que la Roja es favorita, mi corazón se mantiene con la canarinha, aun sabiendo que este equipo nada tiene que ver ni con los del setenta; ni con los doctor Sócrates, para mí el más elegante de cuantos centrocampistas han pisado césped, o Zico, injustamente derrotados por Italia, extraña revancha; ni siquiera con los últimos campeones. En fin, una película subjetivamente emotiva.

domingo, 4 de octubre de 2009

EUTANASIA


En TV3 anuncian para esta noche un reportaje, que no podré ver y del que espero que surjan nuevos adeptos a la causa, acerca del "buen morir".
Es inaudito e increíble que un país oficialmente aconfesional siga pesando tanto la opinión de la Iglesia en un tema en el que una vez más muestran ese carácter anacrónico, de viejo dinosaurio con pies de plomo, que les mantiene anclados en una posición anterior a Vaticano II.
Es paradójico, y triste, que se pueda matar a un semejante en nombre de la Patria o en nombre de Dios, que incluso uno sea un héroe si muere por la Patria o por Dios y, en cambio, a ese mismo uno se le niegue la posibilidad de morir por su dignidad personal. Una posibilidad, por otra parte, a la que sólo se ven condenados aquéllos que ni siquiera son válidos para suicidarse. Basta de esa torpe moral judeo-cristiana según la cual sólo dios, es decir, nadie porque dios no existe, puede disponer de la vida de los seres humanos.
¿Qué vida es la no vida de estar condenado a no hacer nada? ¿La vida de un vegetal? A mí no me gustaría contemplar el mundo desde una cama, ver cómo la vida pasa por delante sin ni siquiera poder recoger las migajas. Yo no voy a matar a nadie, ni a nadie le voy a exigir que muera porque es un vegetal, pero del mismo modo quisiera que se respetara mi voluntad a morir decentemente el día que la vida deje de serlo. Porque ese día, si tengo manos y movimiento no dependeré de nadie para retirarme feliz con lo vivido; pero si ese día sólo soy un pedazo de nada atado a una cama, quiero que un médico me procure ese buen morir.
Basta ya de que unos, los de siempre, quieran convertirse en jueces de todos. Decía Bakunin que "la libertad de los demás prolonga la mía hacia el infinito". Pero ni la Iglesia ni la Derecha entienden, ni nunca han entendido, de libertades.

DE DOS EN DOS


Siempre he defendido el cine español del que me declaro entusiasta seguidor porque me cuenta las historias que me son próximas. Ahora bien, si Gordos o Mapa de los sonidos de Tokio se hubieran cruzado en el camino de El secreto de tus ojos la noche de los Óscar, la cinta de Campanella las hubiera devorado con sólo los primeros planos. Otra cosa va a ser la película de Trueba que aún no hemos visto, El baile de la victoria. Trueba es un buen director y con mucho oficio y el tráiler de la cinta, en la que repite Darín, despierta buenas sensaciones.
El secreto de tus ojos es una muy buena película a pesar de la concesión que efectúa Campanella al espectador y que en cierto modo está justificada cuando el protagonista, Darín, supera el pasado y logra desprenderse de los fantasmas del miedo. Es entonces cuando está dispuesto a vivir en plenitud y así lo hace. Además, hasta ese minuto final, hay más de dos horas de sólido cine y eso se agradece. Campanella no ha olvidado que el cine se construye con imágenes y es el montaje de dichas imágenes el gran logro del film. Campanella ha puesto la cámara al servicio de la narración con una conjunción perfecta del plano detalle, del primer plano y del plano de conjunto. Cada momento halla una perfecta adecuación entre lo que se narra y cómo se narra, y eso, señores, es el cine. Si a ese manejo preciso del punto de vista narrativo, le añadimos un sólido guión, basado en una novela, La pregunta de sus ojos de Eduardo Sacheri, que habrá que leer; una brillante interpretación, no sólo de Darín y Villamil, sino también de Pablo Rago (el marido) y de Guillermo Franchela (el amigo de Darín) y, repito, un montaje soberbio, el resultado sólo puede ser una cinta que reconcilia al espectador con el buen cine y con el Campanella de la multitudinaria El hijo de la novia (2001) o con el de La luna de Avellaneda (2004), Avellanada también está presente de modo indirecto en esta cinta, o con El mismo amor, la misma lluvia (2002) cuya pareja protagonista son también Darín y Villamil.
Desgracia es la primera novela que leí de Coetzee, de eso hace muchos años. Sin embargo, cuando vi el film, fueron regresando nítidas las sensaciones que el novelista es capaz de despertar en el lector, porque Coetzee es un autor que nunca te deja indiferente, que te obliga a reflexionar a pesar de que los argumentos parecen livianos, que no lo son. Por eso diría que el film homónimo de Steve Jacobs (2008) es una más que aceptable película con el pequeño lunar del episodio del romance entre Malkovich (David) y su alumna, en el que no se alcanza a reproducir todos los matices de una tortuosa relación, aunque sí el final de la misma. Desgracia es, pues, una adaptación iterativa por reducción. De modo que, si tenemos una buena base, la novela lo es, deberíamos tener un buen relato; y el correlato fílmico, ya lo he señalado, sólo es una cinta más que aceptable porque no termina de desprenderse del componente literario, es decir, en el difícil ejercicio de traslación del texto narrativo al texto fílmico, la película olvida lo que acabo de reflejar unas líneas más arriba como el gran logro de Campanella, la perfecta adecuación entre lo narrado y lo visto. De todos modos, aunque es evidente que las connotaciones socio-políticas que refería la novela cuando se escribió, ya no son las mismas, la cinta se deja ver, especialmente en buena compañía, aunque sea con un poco de sufrimiento.



domingo, 27 de septiembre de 2009

Dos sobre la media


El fotograma corresponde a Despedidas (Yojiro Takita, 2008), un film extraño por el tema que desarrolla: la dignificación de la profesión de empleado de funeraria. Y lo consigue, pero quizá porque es una película. La realidad seguramente será más parecida a la actuación de esos dos empleados que llegan a recoger el cadáver del padre del protagonista. Y lo digo porque cuando amortajaron a mi abuelo, yo estaba presente. Siempre me ha preocupado y me preocupa la posbilidad de que uno sea consciente después de la muerte, y si es así no quiero agujas que me cosan los labios. Pero eso no sucede en Despedidas. El amortajamiento es un acto ritual que responde plenamente a esa percepción que tenemos los occidentales de que los orientales se esmeran delicadamente en todo lo que hacen. Y así es. Sin embargo, por debajo de ese contacto frío de la piel del muerto, el director nos conduce y nos muestra la vida a partir de las frustraciones (el abandono del padre, la muerte de la esposa) de los personajes. Así, el protagonista entierra su sueño de violoncelista y casualmente empieza a trabajar en una funeraria. Desde ese momento, lentamente, el espectador va descubriendo el triste y doloroso pasado de los personajes secundarios. El protagonista, que no escapa tampoco a su pasado, debe resolver además un problema añadido: la relación con su esposa se tambalea cuando ésta descubre su profesión. Despedidas es una película fresca, honesta y emotiva que no decepciona, en la que destaca, por encima de todo, el ritmo pausado de la narración.
Frozen river (Lynne Stopkewich, 2008) es otra que también está sobre la media. De entrada, y no por el título, me recordó a Suspicious river (Courtney Hunt, 2000), "Suspicious river" era el nombre de una localidad en la que estaba el motel donde sucedían los acontecimientos. Me recordó por la ambientación, por los tonos grises, por la mirada pesimista y gélida de la cámara sobre paisajes y personas, por la soledad que anida en el alma de las, y no "los", protagonistas, por la monotonía que conduce la vida de los personajes y de la cual sólo se puede escapar transgrediendo las normas. Y eso es lo que hace la protagonista de Suspicious... con sus relaciones sexuales, y eso es lo que hacen Ray y la india Lila cuando deciden solucionar sus problemas con el tráfico de emigrantes. La película no deja de ser un trhiller, pero realista, un film en que interesa tanto o más la condición de los personajes y su relación con el mundo que los rodea, especialmente la familia, como la resolución del conflicto que se presenta con la entrada de ilegales. Ray es una mujer a quien el marido ha puesto contra las cuerdas, y cuando tiene la oportunidad actúa con firmeza y decisión. Esa narración contenida y a la vez capaz de profundizar en el raíces del comportamiento de las protagonistas es, junto a la fotografía y a la capacidad de generar una triste melancolía derivada de la vivencia cotidiana, el gran valor de la película.
Dos por encima de la media.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Y va la segunda

Gordos es la segunda película que he visto de las tres que nuestros académicos han preseleccionado para representarnos en los Óscar.
De entrada diré que me parece una cinta más sólida y con una mayor coherencia narrativa que la de Coixet, y que encaja mejor con esos parámetros que buscan los de Hollywood en las películas que optan al premio de mejor cinta extranjera, porque Gordos, que no es una historia de gordos, o mejor dicho, es una historia de gordos en tanto en cuanto la mayor parte de los protagonistas son obesos, acierta a conjugar momentos de cierta comicidad con momentos dramáticos y alguno de ellos hasta emotivo, especialmente en lo que se puede denominar segunda parte de la cinta -es ahí donde ésta gana en calidad- y cuyo punto de inflexión es el monólogo en off que pronuncia el terapeuta (Roberto Enríquez). Decía que Gordos no es una película de gordos; Gordos es una película que narra la desesperanza, la soledad, la incomunicación, pero sobre todo esas frustraciones derivadas de no aceptarnos tal como somos y que en esta sociedad de la imagen en la que vales por lo que aparentas, posiblemente los gordos estén en desventaja.
Gordos, como ya sucediera en Azul oscuro casi negro (2006), una ópera prima que narraba la complicada vida de unos personajes cuyo presente y su futuro se movía en ese azul oscuro que apuntaba a negro, aunque como en Gordos no dejaba de atisbarse ese punto de esperanza, es un film que cuenta y se exhibe con franqueza, por momentos con extrema crudeza. Y es también un film que invita a reflexionar al sentir en los ojos el golpe de las tortuosas vidas en que transitan un joven terapeuta incapaz de solucionar sus propios problemas, un hombre (Antonio de la Torre) que no termina de definir su identidad sexual, una mujer que decide engordar para vivir lo que hasta entonces no ha vivido, una pareja que debe aprender a vivir su sexualidad en un ambiente católico, o los problemas de una familia a los que una broma les disloca el presente.
Por cierto, o tengo muy mala memoria, o el fotograma que ilustra el comentario no aparece en la película. Ya me diréis.

jueves, 24 de septiembre de 2009

A VUELTAS CON EL PAPA Y LOS CONDONES

Me sorprende esa oposición del PSOE a no quere darle un tirón de orejas a Su Santidad, ¿SS?, con el asunto de sus tristes e incoherentes declaraciones sobre el uso de los preservativos en África.
De entrada quiero decir que he conocido curas valientes, aquellos curas rojos que tanto nos ayudaron a formarnos como personas en los barrios obreros (yo soy de L'Hospitalet, entonces Hospitalet de Llobregat) de las grandes ciudades. Un saludo entrañable para José María Monferrer, a quien debo gran parte de lo que soy. Y tampoco quiero negar el acierto de Tarancón en la Transición. Pero esa es la excepción que confirma la regla. LaIglesia siempre ha tendido a orientarse hacia la derecha, y mucho más en estos tiempos, y mucho más en la España del siglo XXI.
¿Por qué esta aversión al sexo? cuando la historia de la literatura, que no es más que el trasunto estético de la historia real, nos ha demostrado que el sexo era práctica habitual entre el clero. Pero claro, una cosa es amar, hacer el amor con alegría y albedrío, y otra cosa practicarlo con sentimiento de culpa. Quizá en esa culpa derivada del pecado, que tanto les ha servido para manipular masas, haya que buscar esa aversión. Esa culpa de don Pedro Polo que casi arruina la vida de "Tormento", o esa lujuria insatisfecha de don Fermín de Pas, vengativo y vengador de su estrepitoso fracaso.
Déjemos que la gente se ame y procuremos que se ame, pero segura, incluidos los miembros de la Iglesia.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Isabel Coixet

De entrada debo reconocer que soy un incondicional de las películas de Coixet desde que vi "Cosas que nunca te dije" (1996), una mirada íntima y personal al complicado mundo de las relaciones personales. Luego "A los que aman", una lúcida reflexión sobre los amores imposibles, "Mi vida sin mí", "La vida secreta de las palabras" o, incluso, hasta la misma "Elegy" en la que aún subsiste ese espíritu de bucear desde el sentimiento que perturba la razón. Sin embargo, el intimismo que afloraba de cada una de sus imágenes, la complicidad con el espectador en cada una de sus palabras, se pierde en est cinta en que lo íntimo deja de ser compartido para convertirse en obsesión personal. Coixet ha perdido con este film uno de sus principales atractivos, el guiño al alma del receptor. La película, que sí mantiene el imaginario visual propio de la catalana, no trasciende sin embargo a esa comunión que busca el fan de Coixet. Es una historia manca, con una tenue hilación que no profundiza en ´los pliegues del corazón de los personajes. Aun así, nos mantendremos fieles a Isabel Coixet.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Gracias, Itziar

En aquellos tiempos no era raro que los adolescentes, especialmente aquéllos que vivían con inquietudes culturales, quisieran ser actores. Itziar fue uno de ellos, una de ellas, pero en su determinación, su empuje y su talento, que ya asomaba, uno sabía que ella sí iba a llegar. El talento es algo que aflora por sí mismo y que, quien tiene ojos, descubre con facilidad. Es como el futbolista. A los que hemos jugado nos basta con ver cómo uno toca el balón para saber si es pelotero o creador. Itziar era creadora, porque era sensible e inteligente, porque estaba dispuesta a alcanzar su meta, aun sabiendo que el camino no era fácil. Pero lo ha conseguido, y ello me llena, nos llena a quien algo tuvimos que ver con su vocación, de orgullo y satisfacción. Es como en aquel poema de Gerardo Diego, "Brindis", en el que el poeta se daba por satisfecho si encontraba un alumno que fuera un discípulo. Las palabras de Itziar en "El Periódico" tuvieron ese efecto, me dejaron la dulce constancia de que tantos desvelos no han caído en saco roto. Gracias Itziar y gracias también en nombre de mi madre a quien encandilas cada sobremesa. Ese es tu esfuerzo, que también tiene recompensa. Te veo una noche cualquiera en las tablas del Guerrero.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Una cierta mirada al mundo

Hola amigos.
Desde aquí pretendo poseer voz en directo a esa mirada, a veces ácida, a veces saudasosa, para comunicar aquello que me interesa a la gente que le interesa. Sin imposiciones, sin plazos.
Un saludo